Pequeños alevines en lugar de grandes tiburones

¿En qué se traduce el tema?

Fotografía de bolsa con marihuana tomada como evidencia en Huehuetenango.

Una mañana que apuntaba a ser como cualquier otra, las personas salen temprano de sus hogares con destino a su trabajo.

Eran las seis de la mañana la hora en que las leyes permiten se realicen los procedimientos de allanamiento.

Los autos patrulla estaban desde las cuatro de la mañana apostados en las afueras de las casas de los señalados como vendedores minoristas de marihuana. Cuando el reloj del fiscal responsable de esa diligencia marcó las seis horas, se dio la orden de iniciar con el engorroso trabajo que supone tocar las puertas acompañado de un oficial de policía. El responsable del Ministerio Público mantiene prudentemente una distancia que lo protege ante cualquier ataque imprevisto.

Los medios de comunicación locales y algunos nacionales asisten y toman la información para llevarla a su audiencia; las personas en Huehuetenango se sienten cautivadas por esas actuaciones de los responsables de la seguridad lo que hace que su transmisión tenga altos niveles de audiencia.

Huehuetenango se une a las diferentes transmisiones para conocer de cerca esa historia y poder a su vez relatarla a su círculo cercano en el curso del día.

Cabe preguntarse que beneficio trae exactamente esas capturas, teniendo en cuenta que en varios países se ha despenalizado el consumo de marihuana para uso propio.

Al ser minoristas, es muy probable que los compradores sean personas que adquieren el producto en pequeñas cantidades para si mismo.

La publicidad generada se traduce en que las personas verán más eficiente la labor de los entes de seguridad, aunque sea más aparente que real.

Atrapar a minoristas no debería significar un gran esfuerzo y por tanto catalogarse como un éxito.

Los minoristas son pobres y viven en áreas con muchos problemas comunitarios, mapear su ubicación debería ser por tanto una tarea demasiado fácil para tan fuerte aparato de seguridad.

Los productores y vendedores al mayoreo son aquellos peces gordos que deben responder ante la justicia por su conducta, la influencia de dichos personajes que desde la silla del gobierno familiar continúan comprando voluntades y volviendo más poderoso al clan hace que los líderes de los carteles criminales permanezcan desde la sombra como si fuera irreal su presencia. Muchas personas se comprometen a protegerlos (los que pertenecen a su empresa criminal y aquellos que tienen negocios con ellos), pero el resultado es que la cacería se hace hacia los pequeños y casi nunca a tratar de desmantelar todo el aparato criminal.

Por miedo o por ambición, muchos funcionarios responden sin pestañear ante las directrices enviadas por la dirigencia del cartel de tráfico de droga.

Allanar y arrestar a los pequeños distribuidores puede ser un buen gancho publicitario, pero frenar a los productores y vendedores entrando y desintegrando las células del cartel debería ser una meta donde cada resultado positivo sea tan publicitado como lo son hoy los allanamientos a esos vendedores minúsculos de marihuana.

El poder de los padres de la droga en Guatemala es tan grande que su goteo moja a los funcionarios que prefieren negociar antes que declarar la guerra a esas poderosas estructuras criminales.

Cada esfuerzo cuenta, pero el hacer ruido, mucho ruido para desviar la atención de las personas hacia un tema intrascendente solo evidencia su falta de compromiso hacia la seguridad.

La idea es simple; al destruir el poderoso clan criminal los minoristas (que son pobres) dejaran de existir.

Creer como real un espectáculo diseñado para atraer vistas y generar un ambiente de satisfacción ante la justicia es el peor error que se puede cometer. Ahora solo resta esperar que hagan las cosas sin dejarse sorprender por una buena propaganda.

Los carteles tienen sus días contados, toda vez el ciudadano sea más crítico con la actuación de los funcionarios públicos.

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